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El boleto y las gangas por Alexis Romay |
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“Abrochate o Boleto”. Ésta ―más que una broma de mal gusto que
no respeta el uso de la tilde o la mayúscula en español― es toda
una amenaza: o “me abrocho” o no hay Dios que me libre de un “boleto”.
Semejante disparate ―que se pasea por las calles de Union City,
tatuado en los autobuses del sistema de transporte público― es
un anuncio pagado por el New Jersey Office of the Attorney
General. Al leerlo, muchos trabajadores, visitantes y vecinos
del norte de New Jersey se habrán hecho las mismas preguntas que
me hice yo: ¿abrocharme qué?, ¿la portañuela?, ¿la camisa?, ¿los
zapatos?, ¿qué tipo de boleto me darán?, ¿de tren?, ¿de avión?,
¿o acaso me puse de suerte y hablan de un boleto para una rifa?
La primera vez que leí dicho cartel, pensé automáticamente en su muy efectivo equivalente en lengua inglesa: “Click It or Ticket”. Sólo gracias a esa referencia, es decir, sólo gracias a mi diálogo interno con mi otro idioma ―y, debo admitir, al complemento visual del anuncio en español que muestra las imágenes de un policía y La Parca, ambos al acecho de conductores irresponsables―, pude entender que quienes tradujeron esta frase en realidad querían decir: “abróchese su cinturón de seguridad o de lo contrario será multado”. Lamentablemente, dichos traductores decidieron sacrificar el contenido del mensaje en busca de una frase corta (y, muy a su pesar, incomprensible). Otro de mis disparates favoritos es financiado por la misma institución y también puede leerse en autobuses de NJ Transit y proclama, en un español que no envidiaría Chita, la sabia mona de Tarzán: “Hable a sus hijos sobre LAS GANGAS antes de que NOSOTROS tenemos que hacerlo”. No me voy a enredar con la desatinada conjugación del verbo “tener”. ¡Ya bastante tengo con entrenar a mi perra! Lo cierto es que al leer este anuncio, tuve que arrimar mi carro (o coche, como más les guste) a la acera y doblarme de la risa. El motivo es simple: “ganga”, en su acepción más usada, significa, según el Diccionario de la Real Academia Española: “cosa apreciable que se adquiere a poca costa o con poco trabajo”. (O sea, que donde decimos “ganga”, en inglés se diría bargain, big sale. Entonces, relean el anuncio en inglés: Talk to your kids about BARGAINS…). Me interesa denotar que luego de reír a mares, busqué en dicho mataburros y, para mi sorpresa, encontré que en su última acepción, “ganga”, en Puerto Rico, significa: “pandilla callejera de mala reputación”. El único detalle notable es que New Jersey no es la bella isla caribeña, como tampoco es ―no puede serlo― El Salvador, Honduras, Nicaragua, etc. New Jersey ―casi en la misma medida que New York― es el melting pot, la olla en pleno proceso de ebullición, el punto de encuentro de infinidad de tribus, la Torre de Babel, lo múltiple, lo diverso… Y en medio de esa multiplicidad, quienes no son portorriqueños no tienen por qué entender esta acepción (local) de la palabra “ganga”. Estos ejemplos demuestran que de lo que se quiere expresar a lo que, en efecto, se expresa, en ocasiones, va un largo tramo. En el primer caso, los anunciantes optaron erráticamente por mantener el mismo formato de la frase en inglés: “esto o lo otro”. Y al hacerlo, erraron al tutear al público, erraron al traducir literalmente el imperativo “Click It” y erraron una vez más al desconocer que la palabra que buscan en español es “multa”, no “boleto”. En el segundo caso, pecaron al traducir la voz inglesa gang por un cognado falso: la palabra que más se le acerca en la tan maltratada lengua de Cervantes. Los anunciantes tienen la tarea de comunicar un mensaje (cualquiera) y la necesidad de hacerse entender por el mayor número de gente posible. Si dicho mensaje viene plagado de errores o lleno de regionalismos, su efectividad, su alcance y, por tanto, su propósito, peligran. (A los amigos y lectores portorriqueños les pido que imaginen cómo luciría dicho anuncio si en lugar de “ganga”, se usara el vocablo que designa “pandilla callejera” en los contextos argentino, mexicano, costarricense o de cualquier otro país del Caribe o el centro o sur de, ay, Nuestra América. Sería como si a mí en este texto se me escaparan mis temibles cubanismos y dijera “guaguas” en lugar de “autobuses”. ¿Quién me iba a entender más allá de los que nos fugamos de las garras del Vampiro en Jefe?). El uso inapropiado ―casi podría decirse barbárico― del castellano en estas tierras pobladas de hispanohablantes, en mis días de más puro optimismo, cuando menos, me asusta. La canivalización de nuestro idioma parece ser patrimonio del área tri-estatal. Y esta afrenta constante necesita un parche, un dique, todo un muro de contención para evitar que se nos desangre la lengua, que se ahogue en la hemorragia que le provocan sus victimarios y muera, como no mueren los buenos boleros, rodeada de “traductores” y gangas y boletos. |
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