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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años antes i

por Alexis Romay

Según R. R.

El caballito blanco de alguna deidad desconocida

Creo que era cierto que odiaba a Cuba, a toda Cuba. En la compleja Habana de los noventa se movía en un Mercedes del año, negro, casi ofensivo en su majestuosidad, rodando en el paisaje de basurales y abandono, lo mismo con una jinetera a bordo que con un funcionario de cultura, un general y un adulador. En la Habana trataba de inaugurar un centro de retinosis pigmentaria para agravar la ceguera de la izquierda moderna. Eso lo mantenía en contacto con los alegres funcionarios de cultura, con periodistas alertas y la plaga de jineteros líricos que cazan becas fugaces en el extranjero para coger un aire en el Periodo Especial.

Odiaba a Cuba desde los cincuenta, espiaba a todo el mundo, se hizo el santo y su escolta lo protegía siempre en sus viajes trágicos por el orbe, en los periplos por Bayamo y Ciego de Ávila y en sus visitas de médico a Brasil y Santo Domingo y hasta en las nieves y el frío de Europa, donde sus colaboradores tienen que hacerse pasar por animales domésticos o palomas. Donde su infiltrado necesita más ron y más tabaco y escasea el dulce de coco y la ayuda se le hace más difícil (esto es discutible) porque los amantes del Destructor del Trópico no saben por dónde llega el mal en el invierno. Lo recuerdan muchos escritores en desgracia. Lo recuerdan como disculpándose por ametrallar con pequeñas balas, algo para el día o para la semana, algo para reafirmar la severidad de su propio bloqueo. ¿Qué bloqueo? «Los puerquitos vienen de Europa». «La malanga se cosecha en Boston». «Ve cogiendo esos espaguetis, ese perro sin tripa y una botellita de vino Fortín». Aquí (en el archipiélago que me robó) siempre se movía como lo que era: un grosero (con el perdón de los groseros) de otro rumbo, un marginal que se apropiaba, sigiloso, la vida y la cultura de un país.

Todo era política, siempre en ese full-contact tan dañino en el boxeo para el estudio. Así se le odia en esta Isla por ahora fatal, donde ha tenido las puertas de solares y escondrijos, de residencias e instituciones, donde ha promovido el dolor, ese Pendenciero con Ropa, bueno para la traición, la hipocresía, los insultos y las guerrillas, que anda por ahí, pendenciero en sí mismo, el caballito blanco de alguna deidad desconocida.

Para Castro el Grave, antes el Odioso, mi patria no está en el mismo sitio, no una patria que él vio caerse de vieja y de desidia, entre el cielo y la tierra, en pleno mar Caribe, sino ésta de más acá, donde transcribo amargo y sombrío, triste por mí y por Cuba, su falsa y gastada aberración: «Patria o muerte». (Valga la redundancia).

Castro se puso de pie, cogió una gran copa de cristal y comenzó, de mesa en mesa, a tambalearse, mientras moría pidiendo dinero para sus conquistas.

Según G. C. I.

Vista de la vejez tópica

Alguien dijo que el jerarca sólo (y solo) piensa en la muerte.

Este anciano estaba sentado sobre un butacón de terciopelo rojo y comía un mango. El jugo le manchaba la barba rala y corría por sus manos. Se reía porque a su lado otro anciano, de menor rango, contaba un cuento.

Se tiró para atrás exagerando su contento, pero de veras contento con el mango, la semilla pelada en la boca, apretada la nuez fibrosa y dulce entre los amarillos dientes. Vio los muebles de la habitación extenderse confabulados y, al moverse, el sol aparecía y desaparecía entre las ventanas haciendo blanco al mantel y blancas las sillas y blanco el trono de sangre. Cerró los ojos y vio rojo y negro y rojo. Se reía y oía a sus soldados en los árboles y el rugido de las armas y un pájaro que cantaba. No, piaba. Tal vez un Collazo cantarín, que sus acólitos llamaban así por su sonido, sin saberlo, aunque ellos lo explican diciendo que es porque traiciona, queriendo decir que este pájaro pía siempre que ve acercarse al déspota y los ciudadanos y los demás pájaros y las bestias de la patria lo usan como centinela. También los ancianos del consejo lo tienen por vigía.

Reía, cerrados los ojos, el mango en la mano, los brazos hacia arriba, manchados de amarillo hasta el verde olivo de la manga, al tenderlos para coger impulso y sentarse y quizás pararse. Se reía cuando lo tumbó la descarga. Nunca supo qué lo mató, si una «bala amiga» (frase campeona del eufemismo) o un tiro de una emboscada enemiga o qué. Cayó hacia un lado y rodó (con Retamar, Ariel y Calibán) desde el butacón de lujo hasta el marmóreo suelo. ¿En qué pensaba? Alguien dijo que nunca se sabe lo que piensa el orate.

Según A. B. R.

Anciano en traje de batalla

Así pues, durante cuarenta años destrozarás Cuba. A lo más, cuarenta y cinco si decae el viento.

Si de algo estás seguro, es que en tu hora final la atmósfera estará llena de curiosos e insultos. No faltarán los salivazos, pero, por motivos obvios, escaseará la granizada de huevos y verduras podridas. Habrá quien intente afeitarte la barba o rasguñarte la cara. Allí te arrojarán sus culpas y resentimientos el bodeguero y el vago, la periodista, el cuatrero, la niña de su casa, el maniquí y el sastre. Lo más triste de todo es que, entre la muchedumbre, estarán tus protegidos de siempre que te señalarán sin saber lo que hacen. Liberadas sus mentes, todos verán en ti un sujeto indecoroso, un ejemplo reprobable; jamás un amigo. Bien que conoces sus gritos acusadores. Los has promovido a lo largo de la isla de Cuba.

A pesar de que has visto lo que has visto en la tierra ―las fotos de los campos de batalla de las tropas cubanas en Angola, Etiopía, Nicaragua, entre otras naciones―, no acabas de acostumbrarte al ansia de libertad del género humano, sobre todo tratándose de gentes educadas. Tu pasado ha sido minuciosamente estudiado, discutido y censurado a fin de que tu ejemplo no se repita, ejemplo demasiado peligroso para un mundo que ha retrocedido cincuenta años en sus ideas. Así, tu mentira ―lo único que posees― quedará enterrada con tus huesos en algún cementerio aciago de un lugar que no recuerdo. Y todo volverá a empezar dentro de tres días, quizá cuatro. Y ahora que te imaginas vejado por la muchedumbre, que te ves implorar con la cabeza casi rapada y el uniforme de preso que te han puesto, herencia de los tantos que murieron condenados por tus designios, sabes que no puedes resistir más. Has llegado a tus límites. Pensaste quitarte la vida en el calabozo. Lástima que no te decidieras a hacerlo allá, en tu celda única y primaria, en la Isla de Pinos, antes de que con tu afán transformador le cambiaras el nombre.

Según R. A.

El reino del ripio

En medio de la tarde, que ya es de un intolerable violeta, el viejo, de pie en el podio, casi se confunde con las últimas hojas de la escasa vegetación del rombo en sus charreteras. Hace años que permanece inmóvil, mirando sin ver la gente que calcina en las aceras. En el preciso instante en que el sol desaparece, el viejo rompe a hablar, cubriéndose todo el cuerpo. Son las siete, el viejo con los ojos muy abiertos mira a la multitud enajenada. Son las ocho, el viejo, que desvaría a chorros, no se decide a abandonar el micrófono. Son las nueve, el viejo piensa que debe ser de madrugada. Son las doce de la noche. La audiencia luce todos sus estandartes característicos. Los seguidores de primera magnitud (a sus espaldas) bostezan, sus ideas giran raudas como las ascuas de un molino gigantesco. El público variable, los aplausos insignificantes y el destello de las ideas que ya no existen deslumbran la Plaza. La Gran Nebulosa de Andrómeda reluce en esta hermosa noche, transparente y sonora. Entonces, sin previo aviso (y para el agrado de muchos), el viejo y su lenguaje ebrio de poder mueren.

Según C. V.

De patria pobre

Castro subió por última vez la colina universitaria con el gentío que acompañaba su cadáver hasta el Aula Magna. Profundamente muerto y agotado (habían sido diez días de agonía sufridos fanáticamente, minuto a minuto), su sepulcro cargado por una escolta impávida, ya desde aquella dimensión sentía el fluido del desconcierto popular (¿era alegría?) que por todas partes lo rodeaba. Hubiera querido salir de aquel rectángulo frío, ser uno de los estudiantes que, con sus consignas y cucuruchos de maní, empezaron a organizar el desfile tan pronto quedaron colocados el féretro, el escudo, la bandera y aquella esquela mortuoria con su inexplicable retahíla de títulos nobiliarios: Comandante en Jefe, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Vencedor del Mosquito Enemigo, Gran Pelotero de la Nación, Repartidor de Ollas Arroceras, Patrocinador de la Patria Roja y Negra, Vaticinador de Violentos Huracanes, Creador de Olimpiadas Nacionales, Redistribuidor de la Geografía Insular, Plantador de Café en el Llano (en llamas), Demiurgo del Enemigo Plural, Fundador del Plátano Microjet y la Vaca F1, Cederista (sic) y Pionero Modelo, Separador de la Familia Cubana, en fin, el bar… Allí estaba, con su impermeable, inolvidable y, de una vez por todas, prescindible uniforme color aceituna, más raquítico de lo que el pueblo lo imaginó, la línea de las cejas impartiéndole una gravedad realmente grave al nivel de las circunstancias, una gravedad distinta. «¡Murió el Adalid!», se dijo, embriagado de sí mismo, y el eco resonó en aquella caja impersonal que lo asfixiaba (es un decir, ya el hombre está muerto). La avalancha de emociones lo sepultó (literalmente) en la memoria colectiva. Hora tras hora, se saturó de las expresiones, los gestos y rasgos del pueblo más ultrajado: las plañideras con pañuelo a la cabeza que pasaban de largo sin asomarse al cristal del féretro; el lisiado que llegaba a duras penas, con el muñón en la muleta y hacía un comentario obsceno; el botero inmutable, gorra en una mano, caja de cigarrillos Malboro en la otra; el obrero ignorando la inminencia del cadáver… y entre todos ellos, de pronto, como una visión desgarradora, un niño, un niño desarrapado, descalzo, la camisa en jirones dejando ver el pecho casi adolescente, rectas las piernas desnudas, juntos los pies sucios, fino, grave, fiero, imponente de pobreza el óvalo del rostro desvalido, a la altura misma de su semblante hierático. A Castro se le arrasaron los ojos de lágrimas, a la vez que sentía nacer en él una muerte desconocida.


i
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años antes” está obviamente basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. Pertenecen, en orden de aparición, a:

Cabrera Infante, Guillermo. Tres tristes tigres. Barcelona: Seix Barral, 1999.

Rivero, Raúl. “El caballito blanco de Changó”.
Encuentro de la Cultura Cubana 16-17 (2000): 155-56.

Cabrera Infante, Guillermo. Vista del amanecer en el trópico. Miami:  Universal, 1994.

Benítez Rojo, Antonio. Mujer en traje de batalla. Madrid: Alfaguara, 2001.

Arenas, Reinaldo. “El reino de Alipio”. Antología del cuento hispanoamericano.
Ed. Fernando Burgos. México: Porrúa, 2002. 608-12.

Vitier, Cintio. De Peña Pobre. México: Siglo Veintiuno, 1990. 
 

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